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La La Land

You never shined so brightly

 

Estábamos ante una encrucijada pensando que al séptimo arte poco le quedaba de arte y mucho de efectos especiales. Pensábamos que Hollywood había enterrado todo aquello que no sonara muy fuerte e hiciera muchas chispitas ante los ojos de un espectador aturdido. Todas las historias se han contado ya, decían. Sí señores, todas las historias se han contado ya. Pero Kafka fue el último que se inventó una historia fuera del arquetipo. Y, a pesar de todo, todos estamos emocionados con La La Land como si nos hubiera contado algo que no sabíamos.

Sobra decir que La La Land es una historia de amor entre dos soñadores en la ciudad de las estrellas y, encima, con música, ¿suena a tópico? Sí. Pero importa francamente poco cuando con un análisis nada exhaustivo puedo decir que todas las películas son tópicos, se alimentan de tópicos, viven de ellos. No estoy descubriendo América en este párrafo, pero hay veces que se nos olvida.

Lo importante no es el qué, sino el cómo. Lo emocionante de La La Land es, precisamente, cómo se desarrolla esta historia que destila pasión. Podría haber sido cualquier otro género, pero ha sido el jazz. Por si no teníamos clara la reminiscencia, J. K. Simmons aparece para refrescarnos la memoria. Esta historia es jazz y Sebastian lo explica, el jazz es conflicto, mientras tocan, todos están haciendo arreglos, inventando nuevas melodías. Y perdonadme esta analogía, pero La La Land es jazz.

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Hay dos partes, la historia de amor entre Mía y Sebastian y la historia de amor de ambos con sus respectivos sueños. La primera parte de la película, la que elude a ese Hollywood clásico, el mágico, con el que vemos a Gene Kelly haciendo flotar a Debbie Reynolds, ésa magia del cine que tantísimo hemos añorado y que Damien Chazelle nos ha vuelto a regalar. Vemos a un galán muy bien trasladado a nuestro siglo porque, ¿qué galán clásico abriría la puerta del conductor a una mujer? Pero galán, ante todo. Impecablemente vestido, entregado a la vida aún cuando esta le da miseria y con un mechón rebelde.

La historia de amor es eso, amor. Pero amor del bueno, del de antes. Sólo les ha faltado un par de encuentros ocasionales para recordarse el uno al otro, que Sebastian acompañe a Mia fingiendo que no sabe dónde está su coche y que Mia tenga una revelación en la cena más aburrida de la historia. A partir de aquí todo fluye, se enamoran y nosotros nos enamoramos de ellos porque es la historia de amor soñada y mil veces contada, sólo que no es como las otras que hemos visto, es apasionante porque se sirve de la música, del jazz, para tocarnos ese corazón que tenemos enterrado bajo tantos efectos especiales. Y digo tocarnos porque lo consigue, al menos, en mi caso.

Podrían haberse desarrollado grandes inventos para hacerles volar, algo más que unas siluetas en negro sobre un fondo de estrellas para hacernos creer en la historia que estamos viendo pero aquí hay una gran lección, ya nos hemos creído la historia, no necesitamos verles bailando en 3D porque la historia se cuenta sola, La La Land fluye porque, de otra manera, sería imposible intentar colar claqué en ninguna escena. Y nos lo creemos porque existe una estructura, una idea matriz, la coherencia de un guion que se nutre de algo que, de repente, no desaparece a placer de unos efectos especiales inservibles. Alivia, en cierto modo, no sólo que por fin se reconozca una película más allá del bien y del mal o de lo visual, más aun, que se reconozca el mensaje de una película que no es un drama, y La La Land consigue despertarnos de esa somnolencia en la que hemos caído de manera un poco idiota.

La película transmite porque aboga por hacer sentir y no por hacer pensar, huye del drama, de lo trágico, del desamor tan doloroso al que nos hemos acostumbrado a ver en el cine para volver de forma elegante a un amor que no pudo ser, recupera con cierta nostalgia lo inocente de las primeras historias de amor que fueron llevadas a la gran pantalla en la que el amor es tan puro que no se cuestiona, ni siquiera, con el propio desamor.

Escena de La La Land

Y La La Land  tiene canciones, y muchas, por eso en la primera parte de la historia se concentra la gran mayoría de la banda sonora, después, sólo escuchamos un bis de lo que fue. Cuando desaparece la música todo se vuelve más serio, más dramático, el amor no se acaba pero se aparca esperando a ser retornado. El problema es que el amor no vuelve si no le llaman y, a pesar de lo romántico de La La Land, la vida se impone. Ambos deciden perseguir su sueño, en su historia, o triunfan en la vida o triunfan en el amor. Y creo que, por eso, desaparece la música durante casi una hora, ¿qué hay más crudo que el silencio? El olvido olvidado.

Ellos persiguen sus sueños y lo consiguen, lo paradójico, es que Mia descubre su sueño con Sebastian y él reúne las agallas suficientes gracias a ella. Sin embargo, tienen que elegir. Y eligen caminos separados para poder cumplir el suyo. La historia de amor se torna en una historia de sueños, de esperanzas imposibles que llegan a cumplirse, de la banda sonora cogiendo fuerza en las últimas escenas porque es lo que la película le pide, porque, al fin y al cabo, es una historia de cómo ambos se quieren lo suficiente como para dejar de quererse sin que, ni siquiera, les quede París.

Nos leemos,

Sandra Herranz Casas

 

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