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Sherlock, ¿el final del origen?

 

La mediocridad no conoce nada más alto que sí misma, pero el talento instantáneamente reconoce el genio.

Sir Arthur Conan Doyle

¿Por qué es mejor la cuarta temporada de Sherlock cuando, realmente, la mejor es la primera temporada? Ya lo dice Mary, lo que importa es el mito, la leyenda, la historia que queda para contar al final. Se olvida que estamos viendo a un héroe que bebe de ese Romanticismo que había sido, según dicen, superado. Una evolución de aquél Dupin de Poe, un ser que, a pesar de todo, se nutre de lo oscuro de su interior, de sus males, de sus demonios que no le dejan avanzar aún cuando está avanzando. Es lo trágico de los cuervos que se desenmascaran al amanecer, del despertar de la razón hacia algo más allá que el alma de un solo hombre.

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Daba igual la prosa de sir Arthur Conan Doyle igual que da la perfección técnica de la primera temporada de la serie. Da igual la magnífica interpretación de ambos coprotagonistas, importa muy poco la escenografía, las expectativas y los altibajos del primer capítulo de esta cuarta temporada de Sherlock. Incluso las pequeñísimas lagunas en la deducción. He aprendido a observar y no puedo remediar pensar que la cuarta temporada es mejor que el resto, a pesar de todo. Las tres primeras nos han puesto en contexto, lo ha dicho el doctor Watson, es lo que hay. En nuestro caso, hay un engaño llamado Jim Moriarty, un reflejo de lo que un héroe puede llegar a ser y un antihéroe debería ser.

Por eso me gusta más la cuarta temporada, aún a pesar de no estar tan bien hecha, porque me he metido la historia, estoy colocada y quiero más, aprovechando las analogías. Lo trágico es lo que atrae, es la seducción del peligro, de lo morboso. Un hermano que encierra a una hermana para proteger al tercer hermano, el que siempre ha estado en peligro por, precisamente, estar en contexto. Sherlock se sale de su propio contexto, entierra la emoción de sentir, de amar. Y eso es lo trágico. Renuncia a todo eso para estar en igualdad pero, ¿a quién? ¿A Nemo Holmes? Quizás todo esto vaya de que uno no es nadie sino tiene a quién amar.

Quizás sólo sea una historia de un detective y su ayudante que resuelven casos mágicos para el que sólo ve, para el Romántico, con mayúscula.

O quizás sea una metáfora brutal del siglo XXI oculta en una novela decimonónica, quizás nos hayamos convertido en ese Nemo Holmes, enterrado con unas fechas dispares, una lápida de adorno y una tumba vacía. Quizás seamos nosotros, los grandiosos espectadores, los que estamos fuera de contexto y no entendemos por qué Sherlock se ahoga, no entendemos hasta el último minuto que Sherlock, de hecho, ya tuvo un mejor amigo. Y por eso John Watson no le resulta tan indiferente, porque echaba de menos esa sensación sin que él, ahogado por su propio trauma, lo supiera.

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Nosotros, como espectadores, libres de trauma y con todo el poder de la información en nuestra mano, estamos ciegos. No nos hemos dado cuenta de que Sherlock necesitaba, precisamente, lealtad. Ese amor tan incondicional que sólo puede prestar un mejor amigo que, aún sin el lazo de la sangre, te ata como si no existiera nada más.

Sherlock tiene excusa pero, ¿nosotros? Sinceramente, espero quedarme con la duda y que la serie no continúe, al fin y al cabo, deja entrever un final de lo que todos conocemos, Sherlock y doctor Watson viviendo en el 221B de Baker Street durante veintitrés años más, es una historia que se ha contado por doquier desde su original y no necesitamos oírla otra vez, no cómo necesitábamos, al menos, ver este fragmento sobre sus orígenes.

Nos leemos,

Sandra Herranz Casas

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